ABRAZOS AL CORAZÓN

10 años después, infinita gratitud

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En agosto de este año se cumplen 10 años del diagnóstico que cambió mi vida, el que me rompió por completo pero que también me hizo crecer como nada, que reveló mi esencia más profunda, que me demostró que la vida cambia en un instante y que no podemos controlar absolutamente nada más que cómo la vivimos.

La verdad es que sentarme a escribir este testimonio, es, sin duda, de las cosas más difíciles que he hecho. ¿Por qué? Por años, y a veces hasta el día de hoy, decir en fuerte que tuve cáncer, es algo que todavía me cuesta trabajo. Tal vez es el estigma social, tal vez es toda la carga que trae la palabra, el miedo a que te vean con lástima o a que esa sea la palabra que más te defina. Han sido ya 10 años para acomodar todo esto, y si algo aprendí es a no tenerle miedo a ser vulnerable… porque sin duda, cuando eres vulnerable todo duele más y te expones más, pero lo bonito se siente mucho más bonito y lo bueno se disfruta mucho más. Así que, aquí voy. Esta es mi historia.

Soy Jimena, hoy tengo 31 años, vivo muy feliz con mi esposo Leo, compartiendo y disfrutando la vida con él, con mis amigos y familia (y mi perra Kika!), la gente que más quiero… Con muchos sueños cumplidos, y más sueños y planes por cumplir.

En el momento de mi diagnóstico tenía 21 años, estaba a la mitad de mi carrera, viviendo con mis papás, mi hermana, mi hermano y mi perro. En ese entonces, como creo que es normal a esa edad, no sabía que me deparaba el futuro ni sabía por donde empezar a planearlo, pero claramente jamás me imaginaba lo que estaba a punto de vivir y mucho menos lo que todo eso me iba a traer.

En febrero del 2011 una bola extraña en el cuello me llamó la atención mientras me maquillaba para ir a una fiesta; después de chequeos y análisis resultó que tenía nódulos en la tiroides, nada grave, y me dieron tratamiento. Meses después en la revisión de control encontraron algo que no le gustó nada a mi doctor por lo que mandó más análisis. Desde ahí empezó un miedo latente a recibir una mala noticia (y desafortunadamente existe un estilo de síndrome de estrés post traumático que hace que cada análisis y cada ida al doctor, no importa a qué doctor, sea un remolino de emociones… pero aprendes a vivir con eso). Después de estudios y tomografías, llegué con mi queridísimo doctor, el (hematólogo) Dr. Manuel Morales Polanco, persona clave en este proceso y a quien le tengo un profundísimo cariño y todo mi agradecimiento. Llegó la primera consulta con el: mis papás y yo tiesos y sin saber que esperar, el doctor buscando sus lentes despreocupado hasta que, 10 minutos después, descubrimos que los traía puestos. El panorama aún no era claro y pidió mucho más información, esa semana fue de análisis, inyecciones, una cirugía y más estudios… una semana después nos dieron la noticia: Linfoma de Hodgkin.

Cómo buena fan de Greys Anatomy, que me sentía doctora por haberme echado todas las temporadas hasta ese momento, supe en el instante que, pues, era cáncer. 21 años, recién empezado un nuevo semestre de la Universidad… y lo primero que me vino a la cabeza cuando escuché “quimioterapias” fue “se me va a caer el pelo”, cosa que se volvió mi única preocupación en ese momento porque así como estaba aterrada frente a lo desconocido y a no saber a qué me enfrentaba (como el tratamiento, los cambios que venían a mi vida y todas las implicaciones de esta noticia), también estaba segura que todo iba a estar bien. Sentí el apoyo de mis papás que fueron mi colchón… sentí su miedo, pero también su determinación que junto con la mía, sabíamos que esto no iba a poder más que nosotros.

La verdad es que sentí todo y nada en ese momento; por un lado mucho miedo por lo que venía, sobretodo porque parecía ser incierto y no tenía idea a qué me enfrentaba, pero por otro lado, una seguridad en que esto iba a ser un trago amargo, si, pero no “mi último trago” ni mucho menos. No puedo explicar cómo, pero sabía que iba a estar bien. Mis papás en shock pero siendo fuertes para mí, y mis hermanos preocupados, pero más preocupados en no contagiarme su preocupación. Conforme pasaron los días posteriores al diagnóstico, sentí a toda mi familia y amigos volcados en ser mi soporte y nunca me dejaron sola.   

No es gratuito que sea cliché esa frase de “la vida es sabia”, porque pues si, si es sabia. Tardaría millones de párrafos en explicarles todas las razones por las que hoy creo que mi enfermedad fue un regalo de la vida. Y a ver, claro que tuvo su lado malo, malísimo. Desde tener que darme de baja de la universidad, cambiar mis viernes de fiesta por viernes de quimio, cancelar cualquier actividad social que pusiera en riesgo mi salud, enfrentarme a que se me cayera el pelo (quien diría que una peluca a la medida iba a ser mi regalo favorito), el miedo a sentir la lastima y condescendencia de los demás, sentir que para siempre iba a cargar esa enorme etiqueta, ver a mis papás y hermanos, a toda mi familia, angustiados por mi, y prácticamente sentir que mi vida se paralizaba o que, más bien, daba un giro tan inesperado donde yo no tenía el control de absolutamente nada más que de cómo iba a vivir esto.

Pero al mismo tiempo (y resumiendo un poco por qué lo llamo un regalo), ha sido la sacudida más grande para darme cuenta lo afortunada que soy y que nunca me faltó nada de nada. Desde tener al mejor doctor, las mejores enfermeras, el mejor lugar para recibir mi tratamiento, pero sobretodo, tener todo el amor del mundo conmigo: en mis papás, en mis hermanos, en mi perro, en mi familia entera, en las mejores amigas y amigos y en toda la gente que se hizo presente de las formas mas bonitas para hacer de este camino tan duro, algo lleno de amor. A todas esas personas que caminaron (y siguen caminando) conmigo, siempre gracias.

Así pasaron 6 meses, de viernes de quimioterapia cada 15 días y jueves de análisis cada 15 días también. De sábados post quimio de vivir con nauseas y gastritis, domingos de poder comer y lunes de sentir que cualquier movimiento era un esfuerzo sobrehumano. Pero siempre sabiendo qué hay dolores que solo significan que estás curándote.

Afortunadamente, los 6 meses pasaron y mi PET salió completamente limpio, el tratamiento funcionó. ¿Qué seguía? Chequeos mensuales, vigilancia constante y lo más difícil: retomar mi vida.

Tal vez suene raro pero verdaderamente la parte que más trabajo me costó en todo este proceso fue eso: regresar a mi vida, retomar clases, rutina, todo. Fueron 6 meses de enfocarme en mi tratamiento y en estar bien, y de pronto sentir que todo “regresaba” a la normalidad. Es imposible vivir algo tan fuerte y después sentir esa obligación (auto impuesta) de hacer como que no pasó nada y ya todo es normal otra vez. Aunque estuve acompañada todo el tiempo, nadie lo vivió por mí. Me tomó mucho tiempo y mucho trabajo entender que no se trata de retomar la vida como si hubiera sido pausa y volverle a poner play, sino de acomodar todo lo vivido, todo lo sentido, todo lo aprendido, y darle una razón y un lugar en mi vida a partir de ese momento.

Hay muchos pequeños aprendizajes que podría compartir (y si me estás leyendo y quieres platicar, aquí estoy) pero creo que para mi, lo más esencial para quien viva este proceso es saber esto:

  1. Tener buena actitud no quiere decir que siempre vas a estar de buen humor y sonriente. Tener buena actitud es saber que a pesar de que estes pasándola muy mal, todo está valiendo la pena. Es darte permiso de decir que no estás bien, de enojarte, de llorar, de mentar madres y cuestionar “¿por qué yo?”, pero nunca perder foco que todo este dolor es dolor de sanación.
  2. Si eres el paciente, se paciente con tu familia y amigos. Tú sabes perfectamente qué sientes y qué te está pasando, ellos están a) preocupados por ti y b) sin tener la más mínima idea de que hacer y cómo ayudarte. El importante eres tú pero ellos son tu red de apoyo, hazles saber qué es eso con lo que ellos te hacen sentir/estar mejor.
  3. Escribe y reflexiona. La vida te dio una oportunidad de experimentarla desde un lado más oscuro, donde tú eres tu luz, y eso se queda para siempre contigo.
  4. El “estrés post traumático” es real, no te sientas mal si te da miedo hacerte estudios o ir al doctor; reconoce tu miedo y salúdalo… eso lo hace chiquito y algo con lo que se puede lidiar.
  5. No te olvides de disfrutar ser vulnerable. Con los años es fácil que se te olvide todo lo que aprendiste en ese proceso, así que practicarlo todos los días es importante. Tuviste el más grande maestro para poner en perspectiva todo, dale importancia a lo que es realmente importante.
  6. Agradece. Y no como esa frase que las mamás te obligaban a decir, sino como una reflexión profunda de todo lo que sale bien cuando todo parece ir mal, te hace valorar todo eso de lo qué tal vez de otra forma, aunque estaba, no veías.
  7. Disfruta. Y nada más. Es otro cliché pero la vida se va en un instante, y al final lo único que está en tu control es cómo la viviste, con, sin y a pesar de todo.

Hoy, a diez años de que todo esto empezó, se cierra un ciclo en mi vida. Y coincidentemente, mi doctor se retira. Tuve mi última consulta con él, una despedida (tristemente sin podernos abrazar) donde cerró diciéndome “estás más que bien” ¿y les digo qué? Sí, estoy más que bien. Humana, imperfecta, con crisis como cualquiera, frustraciones tontas y a veces perdiendo el foco poquito, con asuntos pendientes por arreglar y mucho que mejorar, que cuidarme, pero de fondo feliz. Porque hoy se lo fuerte que soy, pero sobretodo, lo afortunada: rodeada de amor en mi vida, en todas sus formas. Y si, a veces vuelvo a tener miedo pero me acuerdo que mi cáncer vino a enseñarme que no puedo controlar nada más que como vivo mi vida, y que la vida es sabia para ponerte exactamente lo que necesitas (y a quien necesitas) para vivirla mejor. Solo hay que confiar.

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